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- Préstamo para seguir un sueño

I
La nota apenas ocupó tres líneas en la sección financiera del periódico matutino.
Darío no tuvo tiempo suficiente para leerla esa mañana porque se le hacía tarde y el trabajo pendiente le esperaba sobre el escritorio. Ya tendré oportunidad de revisar la información al mediodía –pensó mientras manejaba por las calles del centro de la ciudad–, tal vez antes del almuerzo de trabajo agendado con mi cliente más importante. Y si no, aún le quedarían ese par de horas muertas entre el regreso a la casa y el momento de ir a dormir.
Bajó del auto y, apenas recargó su cuerpo sobre su pierna izquierda, sintió el dolor agudo en el pie. Habían pasado dos semanas desde que le quitaron el yeso, y el talón de Aquiles seguía molestándole. La fractura le recordó su inminente cumpleaños. Pendejo, se dijo, ya no puedo hacerme el valiente.
Atravesó en diagonal el amplio espacio de la sucursal bancaria, hasta que llegó a su oficina, en el rincón más alejado de la entrada. Cruzó la puerta y dejó caer el maletín negro en el hueco que se formaba entre la pared y el escritorio. Desde su espacio privado, con paredes de madera en la parte inferior y cristal en el resto, mantenía al alcance de la vista a todos sus subordinados, excepto a los que trabajaban en la bóveda y al vigilante del exterior.
Encendió la computadora y, mientras se iniciaban los programas, revisó de reojo las seis filas de clientes que comenzaban a formarse frente a las ventanillas de la sucursal.
Esa mañana de lunes, el correo electrónico estaba saturado con mensajes de fin de semana: solicitudes de reinversión de capital por parte de inversionistas a plazo, chistes que había recibido más de una vez, memorandos sobre el estado de cuentas que debían ser transmitidos confidencialmente a los abajo firmantes, peticiones de investigación del estatus crediticio de potenciales clientes, solicitudes de créditos hipotecarios y correos-cadena gracias a los cuales se podía salvar a un niño californiano con leucemia.
No bien se había acomodado en su silla para comenzar a responder los correos más importantes y desechar los inútiles, cuando distinguió junto a la puerta principal a don Onésimo. Lo observó saludar al guardia, quitarse el sombrero y hacer una de sus caravanas tan pasada de moda a Silvina, la cajera gordita, y escuchó claramente el beso que le propinó en la mejilla a Camelia, otra cajera del turno y la única casada. Luego, el viejo caminó rumbo al escritorio de Darío. La mañana prometía ser larga.
Existía un claro problema de comunicación, Onésimo no entendía por qué no era sujeto de crédito y Darío no entendía por qué el viejo insistía tanto si nunca cruzaba la primera fase para recibir ese crédito hipotecario que tanto insistía en solicitar. Ya se escuchaba a sí mismo, explicándole que solvencia económica y solvencia moral no son lo mismo, don Onésimo. Se ve que usted es bueno y por lo que me cuenta trabaja duro para rescatar su negocio, pero al banco hay que hablarle con números, las palabras son mudas cuando los números hablan.
La paciencia de Darío se multiplicaba con el viejo. A otros solicitantes que no llenaban los requisitos tal como señala el procedimiento estándar para la tramitación de préstamos en los casos de personas físicas y morales, aprobado tanto por el departamento jurídico como por la contraloría interna, simplemente les pedía que se marcharan hasta que tuvieran, ahora sí, la papelería completa, para iniciar el trámite correspondiente. De lo contrario, señor, me es imposible comenzar los trámites internos que nos exige el sistema del banco y las leyes vigentes en la materia, me entiende, ¿verdad?
El talón le seguía doliendo. Necesitaba revisar ese pie. No era la primera vez que consideraba levantarse de la silla y dejarlo hablando solo, sabía que el viejo no tocaría ningún papel, ni se atrevería a tratar de leer, aunque fuese por curiosidad, el memorando que sobresalía del altero de papeles. O tal vez sería bueno que leyera las razones de la negativa del crédito a la señora Anguiano: falta de bienes hipotecables, inconsistencia en las referencias comerciales y problemas para obtener un aval solvente.
Levantó la pierna bajo el escritorio y movió el pie, despacio, en pequeños círculos, esperando sentir esa punzada repentina que le indicaría el sitio exacto donde nacía el daño. Siguió moviéndolo sin resultados hasta que a la sexta vuelta uno de los huesos rozó algo y el dolor apareció de inmediato.
El rictus fue inmediato. No se preocupe, señor, desde que me quitaron el yeso siento un dolor de repente, creo que esto va a tardar en sanar más de lo que esperaba, hasta he pensado en tomarme unos días, pero nada más vea cómo está mi escritorio lleno de pendientes, y si le enseño mis correos seguramente se asustará y entendería por qué no me puedo ir ni un día.
Don Onésimo asintió con la cabeza, se apoyó en el descansabrazos derecho y siguió explicando su propuesta para liquidar el préstamo en un plazo razonable, una vez que se le otorgara el crédito que solicitaba.
Nunca llevaba los papeles que le pedía para iniciar el trámite, por lo que era sencillo intuir que no los tenía. Él, sin embargo, insistía con la vehemencia de su primera visita. Era tan importante obtener ese crédito para salvar un negocio que ya estaba muerto desde hacía años, pero que no puedo dejar caer así como así, porque si lo pierdo sin luchar, qué ejemplo le voy a dejar a mis hijos, a ver, dígame, póngase en mi lugar, qué ejemplo voy a ser para ellos.
Malo, bastante malo, pensaba Darío. Llegar a la jubilación y aferrarse a un imposible parece ser lo único que mantiene con vida a este viejo. Eso sucede cuando uno no piensa las cosas, se deja llevar por la avaricia del dinero rápido o le hace caso al sueño ese de ser su propio jefe. Tan sencillo que resulta tener un empleo estable, salir de vacaciones con los gastos pagados, con la oportunidad de divertirse sin la preocupación de que el negocio se quedó en manos de vaya uno a saber quién.
Un mal ejemplo cuando desde pequeños, tus hijos ven que eres el jefe y al mismo tiempo el barrendero, que no tienes un superior, ni una estructura de apoyo sólida y que por lo tanto nunca te puedes jubilar. Mal ejemplo cuando ven que planeaste tu vida tan mal que mientras trabajas para levantar un negocio, no piensas siquiera en que, a la vuelta de los años, una empresa, no como tu pequeña oficinita o tu minibodega, sino una verdadera empresa, llegará con decenas, centenas o miles de empleados, se va a colocar a muy pocas cuadras de donde te instalaste con tantas ilusiones y entonces no encontrarás la manera de competir con ellos y, tarde o temprano, tendrás que pedir un préstamo bancario para sobrevivir y, finalmente, a regañadientes, deberás cerrar y marcharte a rumiar tu fracaso.
Es un mal ejemplo porque durante años tu familia te verá con menosprecio, más aún mientras te encuentres en esa edad donde eres tan joven que nadie ve en ti la amplia experiencia necesaria para contratarte como un experto en tu área de especialidad, y ya eres lo suficientemente viejo como para que te nieguen un buen empleo porque hay cientos de recién graduados que harán el mismo trabajo por la tercera parte de lo que necesitas para mantener a tu familia. No entenderán que sigues insistiendo en tu negocio propio porque ya no hay opción, porque habrás dinamitado los puentes que te servían para regresar a tierra firme, a la seguridad de un empleo de oficina, con sueldo cada quincena, con prima vacacional, con aguinaldo, reparto de utilidades y una jubilación decorosa, una maldita jubilación como la que se merecen todos los que trabajan para sacar adelante a su familia.
Será el peor de los ejemplos porque los jóvenes que realmente van a ser algo se dedican a trabajar para que, cuando tengan la edad de Onésimo, no necesiten aparecerse a diario en un banco como éste, a escuchar la negativa de un muchacho que tiene la edad de su hijo y que le dé palmadas en la espalda antes de retirarse, condescendiendo a la necedad del viejo que siempre ha pagado sus deudas, a veces a tiempo y a veces un poco tarde, pero siempre poniendo peso sobre peso, porque de eso depende lo único que le queda: su honor.
Muy mal, porque no se da cuenta de la importancia del ejemplo que les ha dado a sus hijos y nietos: los sueños, sueños son; y no dan para vestir ni para comer.
Una nueva punzada en el pie hizo saber a Darío que la mañana transcurría y el trabajo estaba parado por la inoportuna visita. Decidió excusarse porque tenía una cita en las oficinas generales con su jefe en media hora. Seguiríamos platicando, pero con el tiempo tan ajustado, usted me comprenderá don Onésimo. Tráigame los papeles que vienen especificados en esta hoja y yo le garantizo que agilizaré los trámites: en dos semanas conseguimos todas las firmas necesarias y le hablo para decirle cuándo tiene el dinero depositado en su cuenta.
No terminó la despedida hasta que cuestionó cada uno de los papeles solicitados y saludó de mano a los empleados que se atravesaron en su camino, rumbo a la salida de la sucursal.
Darío esperó a que el hombre hubiese desaparecido al doblar la esquina. Sólo entonces tuvo la certeza de que no regresaría hasta dentro de unos días, no más de diez. Se levantó del escritorio, caminó hacia la puerta de seguridad que separaba la zona pública y el área restringida y tecleo su código de seguridad.

II
Darío regresó lentamente. No podía apoyar bien el pie y, si no fuera por esa llamada de Faustino, hubiese pasado más de media hora en el baño de la sucursal, buscando la forma de eliminar el penetrante olor del ungüento de yodo con que se acababa de frotar el pie. Tomó el auricular y se dejó caer en su sillón.
– Que terco compadre ¿No podías hablar más tarde?
– No, es muy urgente.
El tomo de Faustino lo alarmó. Giró la silla y quedó viendo hacia la pared.
– ¿Qué pasa?
– Casi nada, que ahora sí me tocó la guillotina.
Darío permaneció callado un instante.
– ¿Te dijeron porqué?
– Lo de siempre. Que están trabajando en la reingeniería del banco y en esas cosas siempre se busca optimizar los recursos para ajustarlos a los nuevos presupuestos, eso significa que una de dos: o sobra alguien o hay que hacer que sobre alguien. Y me tocó el madrazo.
– ¿Ya le dijiste a Clara?
– No, apenas me estoy enterando. Parece que viene fuerte. También le van a pegar a la parte operativa.
– Como siempre, los que chingan nunca son los chingados.
– El que parte y comparte se jode a la mayor parte.
– Ni pex, si necesitas algo, un contacto, una recomendación, lo que sea, me llamas ¿ok?
– Por eso te hablo. Voy a necesitar que me ayudes. No quiero perder el tiempo en citas que no funcionan si no conoces a una o dos personas que valgan la pena. Apenas me enteré supe que debía hablarte porque confío en ti tanto como tú sabes que te daré la mano cuando lo necesites.
– Tú estate tranquilo y échale ganas. Yo te daré la mano en lo que pueda.
– Primero me voy a tomar unos días, Clara no lo va a entender de inmediato, por lo pronto adiós a las vacaciones, ya habrá otro momento.
El silencio se mantuvo de ambos lados del teléfono.
– Bueno, platicamos.
– Ok.
Pobre Faustino, le llegó su hora, murmuró Darío mientras abría su agenda electrónica y borraba los datos de trabajo de Faustino Alcaráz.
Siempre que había recorte en el área de sistemas le hablaba para presumir que era un sobreviviente. Fueron tres recortes previos y se quedó porque trabajaba como un burro. Su frase pública “tenemos hora de entrada, pero no de salida” encantaba a sus jefes y enfurecía a sus compañeros. “Como no tienes nada más que hacer” le recriminaban, a lo que Faustino respondía con un leve arqueo de hombros. Ahora Faustino también estaba fuera.
Una lástima, una verdadera lástima que ya platicaremos, pensó Darío, al tiempo que tomaba una de las pilas de documentos sobre su escritorio. Anguiano, Sara; No procede. González, Macedonio; Requiere un segundo aval. Treviño, Antonio; No procede. Toscana, David; Bajo reserva. Alanís, Armando; Avalúo dudoso. Cada caso requería de, al menos, una llamada para concertar una cita y explicar la negativa del crédito, solicitar más documentos o aclarar dudas de procedimiento. Montes, Felipe… Valdés, Hugo… Mendiola, José María… Laurent, Patricia… Hurtado, Joaquín…
Dos minutos antes del mediodía, la puerta de la sucursal cedió al paso a Hernán. Avanzó con firmeza, golpeando el suelo con los tacones de sus zapatos.
– ¿Qué haces aquí?
Darío levantó la vista. No pareció sorprenderse con la presencia de Hernán.
– Este es mi trabajo ¿no lo sabías?
– Si, pero…
– ¿Pero qué?
– Deberías estar en las oficinas centrales
La frase no le gustó a Darío.
– Deberías estar en las oficinas centrales –repitió Hernán.
– ¿Tú qué sabes de mi trabajo?. No tengo ninguna cita allá ni hoy ni mañana ni el miércoles. En donde si tengo cosas que hacer es en este escritorio. Si me dices que vienes de visita social te darás cuenta que tengo pendientes y hoy no pienso quedarme hasta más tarde de lo estrictamente necesario.
Hernán no contestó. Entró a la oficina, deslizó hacia atrás, despacio, una de las sillas frente al escritorio de Darío, y se sentó lentamente.
– Revisa tu correo electrónico.
Darío lo miró fijamente hasta que el muchacho desvió la mirada para concentrarse en la cutícula de las uñas de su mano izquierda. De inmediato buscó en la pantalla los correos no leídos. Uno de ellos provenía de Recursos Humanos.
Malo el asunto. No es buen día para que se acuerden de uno, pensó Darío. El contenido del correo justificaba la cara seria de Hernán y las pesadillas de Clara y Faustino, las actuales y las que vienen, se corrigió a sí mismo Darío.
– ¿Lo sabias?
Sin levantar la vista, contesta Hernán
– Me acabo de enterar.
– ¿Y tú?
– Soy tu sustituto. Me nombraron gerente de la sucursal.
– ¿Eso es todo? ¿Ahora te enteras por un pinche correo?
Hernán hizo la mueca de disgusto que sabía le molestaba a su ahora ex compañero de trabajo. Pensó no responderle, pero de inmediato supo que era una buena oportunidad de mostrar su sangre fría. – Cuando corres a cuatro mil personas por todo el país y en un solo día, – dijo – no puedes darte el lujo de hablarles uno por uno, no terminarías nunca. Esta es una de las ventajas del correo electrónico. Antes lo hacían por carta o el jefe inmediato era el encargado de darles la noticia, pero entonces necesitabas mover mucha gente y distraerla de sus obligaciones o se enteraban del envío de las cartas de despido y sufrían días enteros esperando que les llegara el famoso sobre. Ahora algunos lo sienten como un procedimiento frío, lo sé, pero al menos no resulta estresante. A ti te gusta la cacería y sabes que el golpe directo mata mejor que un montón de cuchilladas mal aplicadas.
– Terminemos esto rápido – agregó Darío mientras comenzaba a recoger sus pertenencias – estas solicitudes de créditos están muy atrasadas. Los expedientes están en tres pilas. Los de la derecha son los que no están autorizados y hay que hablarles. Los del centro requieren papelería y a los de la izquierda sólo les falta que se abra una cuenta para que el cliente proceda a retirar el dinero del préstamo. Lo demás ya lo conoces muy bien, todo lo manejo igual que cuando eras practicante en esta misma sucursal.
– ¿Algo más?
– No, nada más.
Darío se despidió de mano de sus compañeros y salió, caminando despacio, de la sucursal, de su sucursal, con un cheque de caja correspondiente a su liquidación. Entonces observó a Onésimo esperando el camión.
Se ofreció a dejarlo en su casa. Empezaba a sentirse, a los 38 años, un poco viejo.